La niña eterna (En memoria de Agnès Varda)

Si el mes pasado el séptimo arte se ponía de luto por el fallecimiento de Jonas Mekas, ahora que nos despertamos con la noticia del fallecimiento de Agnés Varda, el cine pasará una buena temporada vistiendo de negro. O quizá deberíamos de verlo de otra forma y siendo ambos unos autores tan energéticos y cargados de vitalidad, deberíamos de ver su pérdida teñida de un alegre color en su memoria. Sé que es difícil, os lo dice una misma, que en la belga encontró a la primera mujer cineasta y confió en que también podría llegar a ser como ella, pero no veo mejor forma de rendirles tributo que ver la vida de la misma forma que ellos lo hacían. Encontrando belleza en cualquier lugar, coloreando cada fotograma que se nos pase por delante.

https://www.facebook.com/matilda.azevedo/videos/10217113456044053/?t=15

 

Me cuesta escribir esto sin que alguna lágrima resbale por mi mejilla, pero es que el impacto de Angès Varda; la abuela de la Nouvelle Vague, como muchos la llamaban, es tan inmenso en el celuloide y en mi propia vida, que se me hace difícil y hasta raro pensar que ya no la veremos más. Tocó tanto ficción como documental, fotografía e instalaciones. Además, sé en primera persona que se convirtió en el icono personal de una inmensidad de niñas que deseaban ser cineastas.

La obra de Agnès guarda similitudes con la de Mekas y es que ambos parecía que llevaban la cámara pegada a la mano. La joven belga comenzó con la fotografía en el Teatro Popular de Francia y tras un viaje al pueblo donde solía pasar el verano, inició su carrera cinematográfica con Le Pointe Courte en 1957. Una película en blanco y negro que mezcla el documental y la ficción y que solo sería la primera de una larga carrera, en la que sienta las bases de muchas de las “innovaciones” que la gente suele atribuir a Godard y Truffaut cuando ella y Alain Resnais, en la otra  orilla del Sena, ya llevaban tiempo realizando.

Su amor por los juegos visuales y el color se instaura ya en su segundo largometraje: Cléo de 5 à 7 (1962). Donde no solo se atreve a mezclar la película en color con el blanco y el negro sino que también incluye una pequeña historia protagonizada por el mismo Godard y Anna Karina, pero es en Les Créatures de 1966 (en su momento destrozada por la crítica) en la que termina de sentar las bases de su estilo, llegando a teñir en los momentos claves del film, toda la pantalla de rosa.

Esta pasión por el color también se ve reflejada en muchos de sus trabajos documentales, como puede ser Uncle Yanco de 1967, donde hasta juega con figuras y formas que va colocando sobre la imagen. No es de extrañar que la obra de su marido, Jacques Demy, estuviese también empapada por la pasión cromática que sentía Agnès (no olvidemos que le ayudó a realizar sus films y más tarde le rindió tributo con un largo de ficción y otro documental)

Incansable, siempre siguió grabando tanto documental como ficción ya estuviese en Francia, Estados Unidos o cualquier otro país del mundo. No quiero que esto sea una monografía pero es imposible no hablar de dos de las piezas fundamentales del documental contemporáneo que ella ya realizó entrada en edad: Les Glaneurs et le glaneuse ( 2000) y Les plages d’Agnès (2005), donde analiza el paso del tiempo y la vejez con una vitalidad envidiable.

Si desean más información sobre su obra, pueden consultar el monográfico que escribí, pero a partir de aquí reconozco que entraré en una narrativa más personal y es que Agnès Varda nos enseñó a ver el mundo de una forma completamente diferente a la que estamos acostumbrados en una sociedad que cada vez tira más hacia un fuerte pesimismo y nihilismo. Ella y su cámara han creado un caleidoscopio de multitud de colores y formas en el que podemos refugiarnos a pesar de la dureza de alguno de sus films como Sans toit ni loi (1985).

Varda ha sido más que una cineasta, ella solita nos ha enseñado que existe una vitalidad inherente al ser humano que solo tenemos que saber buscar en nuestro interior para poder llevar el día a día con algo más de facilidad. Su cine es fresco se mire cuando se mire, es como si el reloj temporal se hubiese detenido en todas y cada una de sus películas; de la más larga a la más pequeña, y veamos su trabajo como algo nuevo y revitalizante.

Su pelo, su sonrisa, su cámara, sus gatos y su calle; hasta ella disfrazada de patata, ha pasado a formar parte del imaginario colectivo de todos y es que Agnès Varda ha hecho historia hasta el final de sus días.

Ella abrió las puertas a una nueva forma de hacer cine y a toda una nueva generación de cineastas femeninas que la tenemos y tendremos siempre en nuestro recuerdo, así que gracias Agnès, gracias por todo.