Magallanes de Lav Díaz. Lo que queda después de la batalla

Lav Díaz y Patricio Baca en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños

We will remember our world because of cinema, escribió Lav Diaz con aerosol entre las paredes ya grafiteadas por otros cineastas como Kiarostami y Coppola. Es costumbre en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños que cada cineasta visitante deje su marca. La frase no era aleatoria: resume bien la filosofía de Lav sobre el cine como arma política, la memoria como acto de resistencia.

Corría el 2019, antes de que la pandemia detuviera el mundo, cuando participé en un taller inmersivo dirigido por él. La premisa era simple y radical: filmar una pieza en su compañía. La que fuera. Pero toda idea preconcebida, todo guion escrito, debía ser descartado. La película que queríamos filmar estaba ahí afuera y debíamos buscarla. Nos adentramos en la realidad cubana de San Antonio de los Baños con esa instrucción que lo era todo y no decía nada.

Lav Diaz se mueve lento, como sus películas. Habla pausado, con la calma de un maestro zen. Lleva consigo una cámara Lumix de tamaño portátil de la línea GH, la misma con la que rodó sus últimas películas, incluida la ganadora del León de Oro del festival de Venecia, The Woman Who Left (2016). Cuando me puse la cámara en las manos con prisa de rodar todo a mi alrededor, me dijo algo que no he olvidado: primero es el ojo, luego la cámara. Una cita de Mizoguchi se hizo presente: hay que lavarse los ojos entre mirada y mirada. Era una instrucción que más que de clases de cine parecía de clases de meditación: la paciencia de detenerse. La película se busca sola cuando, en el momento más inesperado, se sabe dónde mirar.

Otra cosa que pude observar fue su predilección por los espacios antes que por cualquier historia de interés narrativo. Cómo las personas que habitaban esos espacios se relacionaban entre sí. Dónde poner la cámara de manera que ninguno de los dos elementos fuera predominante en el encuadre, y cómo en ese plano la relación espacio- personaje se desplegaba en el tiempo, con paciencia. De allí una de las ideas centrales del llamado slow cinema que entendí entonces: en el cine clásico el tiempo es subordinado al movimiento; en el cine contemplativo, el movimiento es subordinado al tiempo.

En algún momento se comenzó a sentir tensión cuando Cannes presionó para que Lav asistiera al estreno de Ang Hupa —su película en la Quincena de Realizadores de ese año— y dejara el taller que nos impartía en Cuba. Pero Lav le dijo no a Cannes, algo que muy pocos directores se atreverían a hacer. «El taller llegó mucho antes que Cannes, así que tenía que comprometerme con ello. Cannes apareció hace alrededor de tres semanas, así que no había ni que pensarlo», declaró entonces a la EICTV. Y sobre lo que significaba para él estar allí: el taller no era simplemente un programa de actividades, sino un espacio de experiencias compartidas, no solo sobre cine sino sobre la vida en su totalidad. Un gesto que también valoré de Lav en su momento.

Al finalizar el taller, antes de que un taxi lo llevara al aeropuerto, Lav se puso a cantar canciones de Dylan con la guitarra personalizada que siempre llevaba consigo. Lo vi más con la guitarra en la mano que con la cámara. Eso también era una enseñanza, aunque entonces no lo supiera del todo.

Magallanes (2025) de Lav Díaz

Años después, viendo Magallanes —su película más reciente, estrenada en Cannes 2025— entendí con más precisión lo que quiso decirme. Magallanes es una película sobre la conquista, sobre Fernando de Magallanes y su expedición al archipiélago filipino. Pero Lav decide no mostrar ninguna batalla. Lo que vemos son los residuos.

La película sigue a un hombre que en su búsqueda de gloria y en la profesión de su fe termina haciendo todo lo contrario: miente, traiciona, mata, y en el camino pierde a quienes más ama. Pero Lav no construye esa tragedia de frente. Lav filma lo que antecede al acontecimiento y lo que sobrevive de él. Donde otros directores pondrían la cámara, él ya la ha retirado y viceversa.

Hay una escena casi al final de la película que condensa todo esto. Cuerpos muertos en la orilla de una playa al atardecer. Magallanes se levanta entre ellos, camina, llega hasta su hijo. Intenta levantarlo. Se da cuenta de que está muerto. Se deja caer en la arena junto a él. El plano es prolongado, casi inmóvil, y en el horizonte las nubes se desplazan lentamente sobre un paisaje tropical filipino. Solo queda lo que la batalla dejó atrás. Ese tiempo real de las nubes moviéndose, en un atardecer rojo como la misma sangre, es el tiempo indiferente de la historia, que no espera al conquistador. Luego hay un corte. Y la cabeza cercenada de Magallanes es alzada por el pueblo nativo en señal de victoria. Entre esos dos planos vive toda la épica que Lav decidió no mostrar. La muerte del héroe ocurre en la elipsis.

Rodaje de Magallanes con Gael García Bernal

Magallanes está rodada en color —poco habitual en su filmografía, que suele habitar el blanco y negro— con fotografía de Artur Tort, el mismo que filmó Pacifiction (2022) de Albert Serra, quien también produce esta película. Serra y Lav se reconocen en lo mismo: el tiempo muerto, lo que sucede en los márgenes de la narrativa. El color en Magallanes vuelve los cuerpos más carnales, más físicos. Los tonos de la película hacen recordar a los cuadros virreinales, pero aquí los colores sangran y sudan. Rodada con tanta precisión que me hizo creer que se trataba de fílmico, pero se trata de su Lumix de siempre —esta vez, la última de la línea GH—.

Pero la imagen más perturbadora —y conmovedora— llega al final. Un plano sostenido del esclavo traductor de Magallanes, Enrique de Malaca, hablando en off: confesando que fue él quien conspiró con los nativos para matar a su amo, y así obtener la libertad que años de servicio leal jamás le habían garantizado. Magallanes da nombre a la película, pero quien cierra el relato es el hombre que la historia prefirió olvidar. La historia lo borró. Lav le da la última palabra. Enrique de Malaca es el primer ser humano en circunnavegar el globo —era originario de las islas Malay y terminó de regreso en su región—, pero la historia se lo atribuyó a la tripulación superviviente europea. Lav le devuelve esa voz a través del cine, una vez más como arma política.

Recordaremos nuestro mundo gracias al cine —decía Lav. No por la épica de ser el primero en circunnavegar el globo, como lo cuenta cualquier libro de historia, sino por el silencio de un plano teñido de rojo: Fernando de Magallanes que se levanta entre los muertos, hombres que cayeron por su sed desmedida de sangre y gloria. Se aferra al cadáver de su hijo mientras el sol cae. Poco después, él mismo cae también. La película se busca sola en los momentos más inesperados. Solo hay que saber dónde mirar y dónde poner la cámara.

Todos nuestros artículos están redactados por alumnado de ECIB – Escola de Cinema de Barcelona.