Monográfico Abbas Kiarostami: La odisea de la bondad
La madurez emocional de un niño a través de los ojos de Kiarostami
Por primera vez en su carrera, el director iraní Abbas Kiarostami recibía en 1987 el reconocimiento internacional gracias a su película ¿Dónde está la casa de mi amigo?, un maravilloso retrato de la infancia y el papel que los niños ocupan en la sociedad. Director profundamente arraigado a su tierra, situando allí la gran mayoría de sus obras -en las que plasma los problemas y adversidades por las que pasa la población iraní-, Kiarostami conseguía ya con esta película interpelar a un público internacional. Y es que, en el fondo, sus películas tratan ni más ni menos que los grandes temas universales, como la justicia o el conflicto entre individuo y sociedad en este caso.
Casi cuarenta años después de su estreno, ¿Dónde está la casa de mi amigo? sigue más vigente que nunca; en un mundo cada vez más y más individualista, en el que cada cual piensa para sí mismo y no por el bien del otro, esta película se atreve a hacer todo lo contrario. Kiarostami nos presenta aquí a Ahmad, un niño del pequeño pueblo de Koker que emprende un auténtico periplo para intentar encontrar a su compañero de clase y devolverle su cuaderno de deberes, puesto que si al día siguiente éste se presenta de nuevo sin haber hecho la tarea el profesor lo expulsará de la escuela.
Invitar a mirar
Como es habitual en sus películas, Kiarostami no nos hace saber de manera directa cuál es su intención a la hora de contarnos su historia. En vez de eso, nos invita a acompañar a Ahmad en su pequeña odisea para encontrar la casa de su amigo, a la vez que nos plantea preguntas acerca de la situación por la que está pasando el protagonista, y si creemos que esta es justa o no. De hecho, ya en la primera escena del film hay un par de planos donde tanto Ahmad como su amigo Nematzadeh miran directamente a la cámara, preguntándonos si la regañina que el profesor le está soltando a este último es merecida.

Tanto esta escena inicial como diversas secuencias a lo largo del film hacen verdadero hincapié en la cantidad de veces que los adultos se repiten. El profesor pregunta a Nematzadeh hasta tres veces en cuántas ocasiones le ha recordado que tiene que hacer los deberes en un cuaderno, cada una de las cuales el niño responde de manera clara. Aún así, el profesor se sigue repitiendo, hasta el punto de que Nematzadeh se pone a llorar de manera desconsolada, humillado.
Hablar sin ser escuchado
Un papel importante juegan también las contradicciones. Lo vemos cuando los adultos -ya sean la madre, el abuelo o el profesor- mandan a Ahmad a completar una tarea, pero acto seguido le riñen por no estar haciendo otra cosa. La primera vez que esto sucede es cuando Ahmad llega a casa y se da cuenta de que, sin querer, se ha llevado el cuaderno de Nematzadeh. Al preguntarle a su madre si puede ir a devolverlo a su amigo, ésta ignora sus peticiones y le recuerda que tiene que terminar sus deberes. A pesar de las reiteradas súplicas de Ahmad, la madre sigue insistiendo en sus obligaciones. Pero cuando el niño por fin se va a un rincón para terminar los deberes, la madre se pone a exigirle que la ayude con las tareas de casa: que atienda al bebé, que la ayude con la colada, o que vaya a buscar el pan.
Con todo esto vemos también el sentido de la responsabilidad tan acusado que tiene Ahmad; en un entorno que constantemente lo ignora o toma por mentiroso, el niño cumple al pie de la letra todo lo que le mandan. Esta responsabilidad entra en conflicto con su obediencia cuando, en el momento en que la madre lo manda a por pan, Ahmad aprovecha para hacer lo que él cree que es correcto: correr a casa de Nematzadeh y devolverle el cuaderno.

Este sentido de la responsabilidad aparece también cuando, dándose por vencido y regresando a casa, Ahmad se niega a cenar y se va a su habitación para hacer sus deberes y los de Nematzadeh. O cuando, en un momento anterior de la película, su abuelo lo manda a por cigarrillos, a pesar de que el niño le dice que si va a por ellos no tendrá tiempo de ir a por el pan.
Dos visiones del mundo
Mientras Ahmad hace este encargo que le ha mandado el abuelo, Kiarostami nos muestra un poco más sobre la realidad de los adultos y las normas por las que se rigen. “En mi día, nos educaban para que hiciéramos lo que nos decían a la primera”, le dice el abuelo a un amigo con el que está sentado, alegando que, para que Ahmad sea útil a la sociedad, no puede crecer siendo perezoso.
Solo con este pequeño momento vemos lo diametralmente opuestas que son la visión del mundo de los mayores frente a los pequeños: el abuelo y el resto de su generación crecieron sin cuestionar lo que se les mandaba, llevándolos a ser casi como ovejas, pero Ahmad quiere regir sus acciones de acorde con su brújula moral.
Esta obediencia ciega de los adultos queda reflejada con la aparición del vendedor de puertas que, a base de insistir una y otra vez, está consiguiendo que todo el valle cambie sus antiguas puertas de madera por unas nuevas de hierro. Pero es lo que el hombre mayor le dice a Ahmad mientras pasean,“Nadie pregunta qué tienen de malo las puertas antiguas. Si tuvieran algún defecto, nadie las hubiera comprado jamás”.

De la mano de Ahmad
A lo largo de la película, Kiarostami filma la aventura de Ahmad de manera que la cámara parece ser un compañero de viaje más, donde el espectador se une al joven en su búsqueda desesperada por cumplir con su misión. Su puesta en escena no es para nada dramática. Cada una de las escenas se nos muestra de manera naturalista, donde la cámara simplemente observa la situación, sin juzgar ni apuntar de manera acusatoria a ninguno de los personajes.
Rodada con toda la belleza, tensión y asombro que un solo día puede contener, el estilo de Kiarostami -como dice Sandra E. Lim- se caracteriza por una economización de la forma engañosamente simple, especialmente en el recurso narrativo de pedir direcciones, cuyas respuestas nunca son directas. Es de esta manera, sigue Lim, que Kiarostami invita al espectador a interactuar con la narración, a desentrañar y tejer los hilos que la componen.
Un detalle visual curioso son los cuatro tramos del zigzag que hace el camino que sube la ladera de la colina que separa Koker y Poshteh, el pueblo donde vive Nematzadeh. Al final de su pequeño peregrinaje, son cuatro las veces que Ahmad recorre este sendero (dos de ida y dos de vuelta). Parece como si ya desde un inicio el mismo camino quisiera advertir a Ahmad de que su viaje será complicado, que deberá dar más vueltas de las necesarias para poder cumplir con su objetivo.

Un pasado muy presente
Kiarostami nos advierte con esta película de los peligros de vivir en una sociedad en la que los niños son contínuamente ignorados, donde sus plegarias y voces no se tienen jamás en cuenta. Nos muestra a un niño que, a pesar de las insistencias contradictorias de los adultos, se rige por su intuición y bondad, dejándose guiar por lo que él cree que es aceptable, sin dejar que su juicio se nuble por las exigencias y principios que los adultos quieren inculcarle.
Acompañando a Ahmad, que a su pronta edad aún no se ve influenciado por el mundo adulto, Kiarostami nos plantea dos opciones: seguir aceptando sin rechistar las órdenes que nos son dadas, acatando ciegamente todo aquello que se nos manda; o empezar a hacer aquello que creemos que es correcto, sin dejar influenciarnos por lo que digan los otros que tenemos que hacer y guiarnos por nuestros propios valores y principios.
En una época donde el mirar por el compañero es algo cada vez menos habitual, en la que las clases dominantes parecen no querer saber nada del resto de la sociedad, a la vez que dictaminan cómo tenemos que vivir nuestros días, ¿Dónde está la casa de mi amigo? sigue siendo tan importante como cuando se estrenó. Ver esta película hoy en día nos recuerda que, a pesar de ser diminutos con respecto a la inmensidad de la creación, nuestras acciones importan más de lo que nosotros creemos.
BIBLIOGRAFÍA
Realism, Morality and Care in Where Is the Friend’s House? (Abbas Kiarostami, 1987)