MONOGRÁFICO ABBAS KIAROSTAMI. VII: Cuando nadie nos mira. Like Someone In Love
“Prefiero no saber los errores que cometí en el pasado. Ya estoy bastante deprimida.”
Akiko es una estudiante en Japón. Akiko tiene problemas con su novio. Akiko necesita dinero. Akiko tiene una cita esta noche.
Like Someone In Love (2012) narra la breve pero peculiar historia de Akiko, una joven estudiante y trabajadora sexual en su encuentro pactado con el Sr. Takashi, un anciano ex-profesor con quien forma una conexión lo más alejada posible del sexo y lujuria que se decanta más hacia una insólita familiaridad.
Esta sería la última obra de Abbas Kiarostami, quien fallece cuatro años después de su estreno en 2012 dejando como último recuerdo una película que presenta una estética aparentemente alejada de su estilo habitual pero manteniendo siempre sus puntos clave: un ritmo paciente, escenarios naturales y una sensación de estar observando un fragmento de vidas ajenas en su punto de inflexión a través de una mirilla. La mirilla de Kiarostami.
La película toma lugar en Japón, bien alejado del Irán natal del autor, quien supo jugar y adaptarse a las reglas del cine asiático para lograr un metraje delicado y fresco y así evidenciar su rango artístico, tanto como escritor como director.
Desde el principio se introduce un concepto que determinará el estilo de la película: el foco de la mirada ajena y la cohibición de emociones. Los primeros minutos en los que conocemos a Akiko se presentan a base de escucha, ya que no se la ve en pantalla en absoluto; el plano inicial nos muestra un bar de moda lleno de gente conversando, una mesa con dos copas de vino y una silla vacía. Detrás de cámara, una voz femenina hablando, o más bien justificándose con alguien por teléfono. Después de unos minutos nos muestran el rostro de la protagonista, que presume (o peca) de inocente, dulce y discreta. A medida que avanza la escena, vamos entendiendo el contexto de la situación, las identidades de sus participantes y lo que conlleva estar sentado en la silla en la que Kiarostami nos ha puesto.
Tanto en su pelea telefónica con su pareja como en la discusión con su proxeneta por no querer ir a trabajar, podemos oír a una Akiko opinada y decidida, porque sí, la oímos pero nunca la llegamos a ver tensa ni enfadada ni dolida, lo cual nos aporta información relevante de su personalidad: Akiko sufre pero solo cuando nadie la ve.
Este patrón se repite más adelante cuando ella pierde la discusión contra su “jefe” y toma un taxi para ir a ver este cliente misterioso; durante el trayecto Akiko reproduce mensajes de audio de su abuela, quien vino con la idea de visitarla pero que es finalmente olvidada en la estación durante todo el día. La dura escena está marcada por las palabras de su abuela que viajan a través de emociones tales como ilusión, nerviosismo, confusión, tristeza y decepción, aunque siempre manteniendo la dulzura y cariño que nos recuerda a nuestra propia abuela (y que nos hace sentir como si fuéramos nosotros quienes le hubiéramos fallado). Entre audio y audio se oye a Akiko llorar mientras se nos muestran las calles iluminadas de Tokyo y donde, por si fuera poco, vemos a la abuela aún de pie enfrente a la estación, con maletas en mano y buscando a su nieta que nunca llegará.

Pasado este malestar llegamos finalmente a la casa de este cliente, quien lejos de ser un hombre depravado, se muestra como realmente es: un tímido anciano llamado el Sr. Takashi, con una casa desordenada y nervioso por recibir por primera vez este tipo de visitas.
Durante su conversación, o falta de ella debido a la confusión de ambos por el motivo del encuentro, empezamos a ver una curiosa dinámica: no hay juegos ni seducciones, solo dos personas intentando entenderse. Akiko pone resistencia al principio, presentando su cuerpo como plato principal, mientras que el Sr. Takashi opta por ofrecerle un plato de sopa y un intento de conversación amigable, dejando claro que sus intenciones son nobles, o lo más nobles que pueden ser en este contexto.
A partir de este momento este dúo irá desarrollándose de forma orgánica, señalando que algunas amistades pueden surgir hasta en situaciones bizarras; La historia es narrada con un ritmo sedentario, tal vez haciendo un guiño a los tiempos del Sr. Takashi,
dejando disfrutar los pequeños detalles de la vida corriente que, con un ritmo elevado, no capturarían nuestro interés. Incluso en los momentos finales de la película donde las cosas se derrumban, comienza a sonar “Like Someone in Love” de Ella Fitzgerald para aportarle un sentido irónico y trágico mientras digerimos lo visto.
La performance de los actores es, como en muchas obras de Kiarostami, navegada por la naturalidad, calma y sutileza; el diálogo es corriente y breve, no da muchas pistas sobre la emocionalidad y cuando sí las da, los actores aprovechan para exprimirlo hasta el máximo que les es permitido, sin llegar a manchar el guión como “sobreactuado”.
Rin Takanashi interpreta a Akiko sin sorpresas ni capas: lo que ves, (si es que lo ves) es lo que hay. No hace ruido, no llama la atención, no se abre. Es así por su entorno y ya le va bien serlo, no necesita nada más que el dinero para sus estudios y el amor de su abuela. Incluso en su faceta más sensual no lo es. No pretende seducir ni fetichizarse para parecer interesante, simplemente vive y pregunta desde su autenticidad; Akiko no tiene capas de profundidad, o la conoces con todo o no la conoces en absoluto.
Tadashi Okuno como el Sr. Takashi sigue la misma corriente, interpreta a este personaje de forma suave, apropiada y cuidada. Es muy fácil verlo como entrañable y relacionarlo con la esencia de un abuelo (esencialmente porque lo es). Establece una conexión con Akiko y más que complementarse, se acompañan por el camino. No necesitan hablar de más porque, por alguna razón, se sienten cómodos en compañía del otro, y esa energía es algo que Okuno y Takanashi entendieron a la perfección. Con pequeños gestos, miradas y silencio crearon un entorno que habla por sí solo.
Para romper esta dinámica llega Ryō Kase como Noriaki, que aporta caos, furia, ritmo inestable y suciedad, tal vez equilibrando la balanza con la otra cara de la sociedad japonesa. Es el personajemás complejo de la película, no acaba de decidir sus intenciones ni sabe lo que quiere, y por ello acaba arrastrando el ecosistema de calma hacia la ruina por su incapacidad de lidiar con sus sentimientos; Kase interpreta con sus emociones por delante, prácticamente las arroja a la cara, y ese contraste hace que la peli gane mucho más peso emocional.

En cuanto a la fotografía, esta es dirigida por Katsumi Yanagishima (Boiling Point, Takeshis’, Dolls, etc.) que enriquece todo el metraje con una combinación de planos fijos y generales con travellings inestables, ambos de larga duración sin pausas ni cortes, lo cual te obliga a ser paciente y a realmente apreciar lo que estás viendo antes de darte más información; todo es importante y merece ser visto a tiempo real en el que está pasando. La relación entre juventud y vejez inicia el juego de velocidad, y la película no tiene prisa alguna por pasar a la siguiente escena, de hecho nos hace sentir que siempre estamos a punto de perdernos algo. Hay un detalle que se repite a lo largo de la película: el uso de los cristales para retratar a Akiko. En el restaurante es vista a través del cristal mientras oímos los planes de su proxeneta, sometiéndola inevitablemente a su voluntad; en el taxi se la ve observando la ciudad con las luces vivas recorriendo su rostro mientras ella es privada de vivir; su reflejo a través de la televisión de casa de Takashi, donde ella encuentra la tranquilidad pero sin sentir que le pertenece


Like Someone in Love no pretende ser innovador ni darnos la historia del siglo, no es el estilo de Kiarostami. En su lugar, nos ofrece un momento de suerte: una ruta secundaria de toda la perversidad a la cual se someten miles de jóvenes para seguir adelante y nos brinda un ápice de esperanza, la esperanza que todos necesitamos al menos una vez en nuestro camino, aunque a veces pueda llegar disfrazada de anciano.