
D’A Film Festival. 2025
Mi recorrido por el D’A Festival Cinema de Barcelona 2025, comienza unos días antes de tan siquiera visionar una película, con la llegada del director húngaro Béla Tarr a la escuela. Una semana donde los alumnos del máster de dirección lo tuvieron como profesor y rodaban junto a él. Esperemos, continúe la racha y sea una visita anual a partir de ahora.
Si he visto este año más veces a Béla Tarr que a mi abuela, no me puedo poner triste. Desde su paso por Barcelona el año pasado, me cambió la vida. Yo lo considero como mi abuelo lejano (por parte de cine), aunque pensándolo bien, tiene casi la misma edad que mi madre. El tiempo castiga dos veces en Béla Tarr: en sus películas y en su sistema cardiovascular.
En uno de los descansos de clase, me aventuré a pedirle una foto mientras fumaba. En palabras textuales declaró: —Yes, because you are really good dress!!
Adjunto instantánea del momento. Os prometo que miró a cámara, pero en esta foto salgo mejor yo.
Ese mismo sábado 22 de marzo, le hicieron entrega del premio honorífico del D’A, de la mano del director académico de la escuela, Pere Alberó. Realmente me identifiqué con las palabras que le dedicó; la obsesión por el cine de Béla comienza al ver el primer plano de la primera película suya que veas. En el caso de Pere fue con Damnation (1988) y en el mío El caballo de Turín (2011). Béla también hizo una pequeña masterclass sobre su manera de hacer cine, que verdaderamente fue testamental y como siempre, muy sarcástico.
Ya para ponernos con lo divertido, el circuito de películas a las que me apunté. Comenzó fuerte el domingo, con A Traveler’s Needs (2024) de Hong Sang-soo. Hong es un director que, con sus películas, causa en mí un estado de relajación que regenera mis chakras. A Traveler’s Needs es la última unión de Hong Sang-soo e Isabelle Huppert, después de hacer juntos otras dos películas: In another country (2012) y Claire’s Camera (2017).
Los elementos principales de su cine están; hay zooms, conversaciones con diferentes personajes en espacios diversos y sobre todo gente bebiendo mucho alcohol. El personaje de Huppert es una mujer francesa que imparte clases particulares de francés a otras mujeres, según un método que se ha inventado ella misma y ni siquiera sabe si funciona. Por otro lado, vive de alquiler con un chico más joven que ella, con el que mantiene una relación íntima.
A lo largo de la película, mi curiosidad por saber más sobre esta mujer extranjera aumentaba, consigue crear a su alrededor un aura misteriosa a la vez que tierna, que no te hace desconfiar de ella en ni un solo momento. Cosa curiosa, porque pensando en frío, si cambias el punto de vista, este personaje podría resultar una psicópata en potencia. Pero Sang-soo nos prefiere ingenuos, para disfrutar ante su maravillosa y divertida puesta en escena, guiada por las situaciones más incómodas que te puedas imaginar.
El inicio de esta semana trepidante comenzó con la película que sería premiada una semana más tarde con el premio del público, The New Year that never came (2024) de Bogdan Mureșan. Una película rumana que, a través de seis personajes conectados entre sí y en montaje alterno, narra los días previos a la Revolución Rumana de finales de 1989. Con tono de humor y de drama, resulta una película que valoro por la audacia de saber llevar muy bien el ritmo narrativo de todas estas historias, sin que notemos un desajuste dramático entre sus diversas tramas.
La cámara no para quieta, siempre cerca de los personajes para aumentar nuestro interés por ellos, añadiendo también con unos curiosísimos zooms sutiles que, sin sacarte de la historia, consiguen un efecto documental que crea aún más veracidad.
The New Year that never came retrata a la clase trabajadora en todo su abanico de personalidades, que eclosionan frente una situación que no siguen dispuestos a aguantar.

El martes fue un día interesante, en cuanto a pelis me refiero. Fui al los cines Zumzeig para ver On hi eres quan hi eres? (2025) de Jana Montllor, con ganas de dejarme sorprender. Porque solo el “cascarón” de la película, ya me interesaba. Una hija que hace un documental sobre su padre famoso fallecido ya hace 20 años. Pero no solo era eso. La directora, antes de la proyección, lo dejó bien claro: No es ni un biopic, ni un documental que cuente la historia de su padre.
El punto de partida de la película es, Ovidi Montllor, cantante y actor valenciano, con un gran sentimiento reivindicativo por los Países Catalanes y el antifranquismo. Murió en 1995, cuando su hija tan solo tenía 15 años.
Creo que el espectador sí que puede llegar a imaginar como era este señor, sin saber nada previamente. De una manera mucho más íntima que un biopic, se transmite toda la información a través de un lenguaje documentalista guiado por la narración de la propia Jana. Que como si de un diario se tratase, nos cuenta de una manera muy visceral los pensamientos sobre ausencia de su padre y como esta la ha dejado incompleta a ella misma.
Porque lo más importante de esta pieza es: quién la lleva, hacia dónde nos lleva y cómo nos lleva. Una mujer de 40 años que viaja a través de archivos de televisión y personas cercanas a su padre, intentando reconstruir a una persona a la que casi ni conoce. Junto con imágenes rodadas por la directora en super 8, crea con ellas un limbo entre los sueños y los recuerdos que ella se inventa.
Me fui corriendo con el tiempo justo, hacia los cines Aribau para hacer mi primer doblete de la semana, con September Says (2024) de Ariane Labed. Como era de esperar, llegué con la película ya empezada, solo unos minutos, pero entré en la sala y la primera imagen que vi fueron dos niñas disfrazadas de las gemelas del resplandor. Rápidamente, entendí el rollo que llevaba la peli. September Says es la ópera prima de Ariane, de la cual, más tarde descubro, es la mujer de Giórgos Lánthimos. Entendí un poco mejor lo que había visto después de tener esta información.
September y July son dos hermanas que viven con su madre en un pueblo de Inglaterra. Son las típicas nerds a las que las acosan por ser antisociales. Todo el primer acto es un drama de instituto, con unas niñas un poco locas, hasta que se produce un acontecimiento que cambia el rumbo de la película. Virando también en su tono a algo más cercano al terror psicológico.
El mayor reto que tenía esta película, era saber jugar con la gestión de la información. Al fin y al cabo, muchas películas de terror juegan con eso; el monstruo está detrás de la protagonista y tú lo ves antes que ella, generando una tensión muy fuerte. Pues aquí pasa el contrario, toda la película oculta mucha información, para que realmente sintamos una sensación extraña alrededor de la relación de estas hermanas. No me parece en absoluto una mala elección, realmente me sentía incomodada por la película, hasta los últimos 15 minutos, donde se descubre por completo el pastel. Para mí fueron un desastre, una tomadura de pelo, un chiste mal contado. Aún pensado lo que he escrito, no sé por qué, siento que la película va a ser un éxito por las redes cuando se estrene. Muy a favor de las directoras que se arriesgan en hacer cosas raras.

Al día siguiente, me toco doblete de cine latinoamericano, con la película que ganó el premio del jurado joven, El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja) (2025) de Ernesto Martínez Bucio, por cuestión de espacio y no por censura artística, me referiré a ella como “El diablo fuma”. Y la segunda de este doblete fue una película argentina titulada, El verano más largo del mundo (2023) de Alejandra Lipoma y Romina Vlachoff, con otro título que, tampoco se queda corto.
El diablo fuma es un terror naturalista con tintes mágicos, situado en México, durante la llegada del Papa en los años 90. Unos niños esperan a sus padres en casa con su abuela esquizofrénica, que asegura que les está acechando el diablo.
La premisa es muy potente y acertado contarlo todo desde el punto de vista de unos niños, que aunque sean muchos, realmente forman como una entidad conjunta. Sus actuaciones son las que cargan con el peso la película y ejecutan su papel de manera sublime. A través de ellos nos muestran la inocencia y el sufrimiento de la situación en la que viven, sin que exista una línea argumental convencional. Pasamos unos días, nunca aclarando cuantos, con esta familia desestructurada, viviendo ajenos de la sociedad.
Honestamente, no ha sido mi película favorita del festival, pero pienso que podría encajar mejor dentro de un formato cortometraje, realzando los puntos positivos de la película, como la presencia constante de un ser maligno, que creo que en una película tan larga se diluye.
Una hora más tarde, volví a los cines Aribau para ver El verano más largo del mundo, una comedia realista en blanco y negro, que trata sobre encontrar tu lugar en el mundo. Es una de esas películas amables y divertidas, que podrías ver en los días grises, para refugiarte de la crueldad del mundo y ver que hay gente que se siente igual de penosa que tú.
Camila y su mejor amigo Santiago, están rozando los treinta, pero sueñan con ser actores, por ello, se involucran, accidentalmente, en una obra de teatro donde el resto del elenco no son más que adolescentes. Dentro de un parque de atracciones infantil a lo Terra Mítica (el Tibidabo pero más cutre para mis lectores catalanes), la distancia generacional, el fracaso y la vergüenza ajena, son los tópicos comunes en estos dos personajes que se niegan a verse como adultos. Siendo la ópera prima de estas dos directoras, si que noto una sencillez, tanto en el guion, como en la planificación. Pero compensa, ya que la película tienen momentos muy graciosos y con muchas referencias al cine de Spielberg, a la ciencia ficción, y sobre todo, la peli acoge mucho de Frances Ha (Noah Baumbach, 2014). Ya que también es en blanco y negro y tiene una protagonista carismática a la vez que sarcástica. Por cierto, la película también se proyectó en el D’A de este año (coincidencias maravillosas).

La tarde del jueves, me la reservé, únicamente para ver en preestreno, Sorda (2025) de Eva Libertad, en una butaca lejísimos de la pantalla. Menos mal que la semana anterior, me llegaron mis primeras gafas, porque si no, no hubiera visto un pijo.
Como su propio nombre indica, Sorda, trata de una mujer sorda, que con su pareja oyente deciden tener una hija, que al pasar de los meses descubren que también es oyente.
Puede que haya caído en el sentimentalismo más dramático por el que te lleva esta película, pero es que me ha encantado. Anteriormente, hace unos años, ya había visto el corto del que proviene la película y me gustó sin mas, pero me pareció brillante el cambio de atmósfera sonora al pasar al de una persona sorda que sucedía hacia el final. Mientras veía la película, me acordé de ese momento del corto y cuando pasó en el largo, fue realmente un momento mágico, a la vez que terrorífico. Realmente, no estábamos en su piel de manera tan real, hasta ese preciso momento, que dura sin exagerar media hora, en que el cine estuvo en completo silencio.
Ser mujer ya es complicado, decidir ser madre y parir, todavía más, el hecho de ser sorda, dificulta y atemoriza cualquier gestión pública que no ha sido adaptada para una persona no oyente. Parecía a ratos que estaba viendo una película de miedo. Aunque en la película, no solo sientes empatía por ella, sino también por su pareja, interpretado por un increíble Álvaro Cervantes. Ninguno de los dos es blanco o negro, el conflicto que tienen es tan complejo que entiendes a ambos desde el primer momento. Una película bellísima, con unos encuadres expresivos muy inteligentes y con una muestra de sensibilidad por el tema que genera muchas emociones y sobre todo, visibilidad a otras realidades.
Mi día más anticipado era el viernes, ya que aparte de que iba acompañada de mi leal amigo Pablo, íbamos a ver The Shrounds (2024) de David Cronenberg. Y luego a escuchar muy atentamente, la charla sobre Cronenberg de la mano de Alejandro G. Calvo, uno de los críticos de cine más conocidos actualmente en España, y del que Pablo y yo, somos bastante fans. Quiero añadir, que si ya mi serotonina estaba por los aires ese día, detrás de mí, estaba sentado otra persona de las que más admiro: Chema García Ibarra. Director alicantino, que vino el año pasado a la escuela y tuvimos una conversación privada en la que sentí que éramos almas gemelas (sin exagerar). Esta vez, desgraciadamente, no hablé con él.
La peli estuvo bien, me fascinó poder ver algo hecho por el maestro de la ciencia ficción más transgresora del siglo pasado, a sus ochenta años. Ojalá el delirio senil sentara tan bien a todos los viejos, directores y no directores. ¿Es una ida de olla total, con unos puntos de giro previsibles y unos diálogos muy simples? Sí, pero qué más da cuando las imágenes que crea son increíbles. Tumbas con cámaras de vigilancia para ver a los muertos en descomposición, solo es la primera idea que se plantea en la película y ya me parece brutal. También creo que estamos mucho más cerca del futuro de la nueva carne, que antes, y Cronenberg, lo sabe y hace humor con ello. Un plano fijo de tres minutos de un móvil proyectando un video, solo lo pueden soportar las personas que ven mucho TikTok.

Tristemente, todo tiene un final, y creo que mi último día, paseando la acreditación de prensa por los cines de Barcelona, acabó con dos películas japonesas perfectas, que hablan justamente sobre el fin.
Super Happy Forever (2024) de Igarashi Kohei es un puzzle desordenado en la mesa de un hotel paradisiaco de Japón. La película se concibe como tres partes de una misma historia, dividida cada una por un protagonista diferente, en la que todo está relacionado entre sí.
Un resort al lado del mar encapsula en el tiempo una historia de amor que los personajes tienen que dejar ir para poder avanzar.
Sorprende la cantidad de detalles y objetos, en un principio insignificantes, que cobran una carga emocional enorme y como en un teléfono escacharrado los personajes se transfieren para darle su significado propio. Juega, también, con saltos temporales al pasado para conseguir una perspectiva diferente que realmente te enternece, con unos personajes que irradian pureza y que para mí, fue la mejor parte de la película.
Aunque el cambio de punto vista repentino, sea una elección arriesgada para conectar con la historia, la película trata sobre los caminos que se cruzan por casualidad. Y este enlace de personajes, que van alternando su protagonismo, me parece una brillante forma para realzarlo.
Se me ponen los pelos de punta cuando recuerdo el inicio de Happyend (2024) de Neo Sora, la última película que pude ver en el festival y sin lugar a duda mi favorita.
Una pantalla en negro, con una música envolvente y magna que, fuera de bromas, me recordó mucho al anime de Neon Genesis Evangelion (1996) y su acompañamiento musical. Ambas son dos historias que tratan sobre el fin del mundo.
Japón será inevitablemente destruido por un terremoto. Mientras, un grupo de amigos del instituto intentan vivir al máximo, a pesar de que el estado y el colegio son cada vez más autoritarios y conservadores. Un drama coming of age, protagonizado por el tecno, la rebeldía y, por delante de todo, la amistad. También el uso de la tecnología está extendida por toda la película, impulsada por las autoridades como medio de control y para fomentar el miedo entre la población, cuando se supone que existe para mejorar la calidad de vida de las personas.
Neo Sora, con su primera película de ficción, consigue definir su estilo y manifestar su descontento político con el país. Creo que nunca había visto una secuencia en la que ocurre un terremoto rodado de manera tan distinta como sucede en esta película, con silencio y detalles.
Happyend es una película presentada en un futuro cercano, que se vive desde la nostalgia. La conexión entre los personajes, recuerda a ese cariño que conservas de un amigo, pasado por el tiempo y que nunca olvidas. Una experiencia cinematográfica sin igual, a la que espero poder revisitar sin que ningún terremoto pueda causar un desastre en el porvenir.

Contenta, dejo mi pluma en el tintero (mi portátil en la funda) y pienso en lo mucho que he disfrutado esta experiencia. Ir al cine sola cada vez me parece mejor plan y he sentido en muchos momentos de este festival que la película y la sala me acompañaban a mí.