LA POÉTICA DEL CINE FRENTE A UNA NUEVA GENERACIÓN: El tiempo detenido de Tsai Ming-liang

Un hombre callado entra en escena. Mira en silencio la sala como si fuera una imagen de sus películas. No trae discursos, trae tiempo. No busca explicar el cine, lo encarna. Así se presentó Tsai Ming-Liang ante un auditorio lleno de jóvenes estudiantes: sin artificios, sin solemnidad, como un personaje más de sus propias películas. Resultaba irónico que, mientras el cine lucha por llenar butacas, aquí un silencio bastaba para llenar la sala. Su sola presencia parecía ralentizar el tiempo, como si al entrar hubiera impuesto el ritmo pausado de sus planos. Bastó ese gesto mínimo para que todos entendieran que estaban ante alguien que no viene a contar historias, sino que transforma la realidad en una experiencia cinematográfica

Con una calma y un desapego que lo caracterizan, Tsai evocó sus orígenes en la Kuching de los años sesenta, una pequeña ciudad malaya que, pese a su modesta población, albergaba más de un centenar de salas de cine. Aquel universo de imágenes —compuesto por películas de EE.UU, Hong Kong, Filipinas, Malasia e India— coexistía con el murmullo de las radios que salían por las ventanas, configurando un paisaje sonoro que, según dijo, aún resuena en su memoria.

Su infancia transcurrió junto a sus abuelos, propietarios de un modesto negocio nocturno, que abría a la misma hora que las salas de cine. Ellos, apasionados del séptimo arte, se turnaban para asistir al cine, siempre llevando consigo al futuro director. Así, Tsai veía las películas dos veces: una con su abuelo, otra con su abuela. Ese doble visionado sembró en él una semilla que germinaría, años después, en la oscuridad de una sala.

Habló de su infancia libre y feliz junto a sus abuelos, y de su regreso a casa con sus padres, donde fue víctima del rechazo y el acoso escolar. En ese periodo se refugió en los libros. “Leí todos los de la biblioteca”, experiencia que considera fuente de su inspiración actual. En la universidad eligió estudiar teatro, sin saber entonces que el teatro y el cine eran lenguajes distintos. Para él, ambas disciplinas compartían lo esencial: la actuación. Sin embargo, rara vez asistía a clase; prefería perderse en la Filmoteca, donde poco a poco fue abandonando las películas comerciales, para abrazar obras más introspectivas, aquellas donde el director se convertía en autor y arquitecto de la emoción.

En su cine predomina el plano general. Rechaza el uso gratuito del primer plano, salvo en ocasiones específicas, como en Stray Dogs , donde un actor sostiene un cartel bajo la lluvia, mientras recita un poema convertido en canción. Esa imagen, fija y cargada de tensión, encierra buena parte de su poética: lo estático como expresión de lo emocional.

Uno de los ejes de su filmografía es la colaboración constante con el actor Lee Kang-Sheng, once años menor que él, y presente también en el encuentro. Tsai destacó que mantiene con él una profunda identificación, y una colaboración fluida. Relató que, cuando Lee sufrió una enfermedad que lo incapacitó durante diez meses, lo acompañó regularmente al médico, lo que refleja también la estrecha relación de amistad entre ambos.

Stray Dogs (2013)

Lee confesó que ya no necesita un guion para trabajar con Tsai: le basta con el concepto inicial que le el director transmite, para que él apueste por arriesgarse. La confianza es total, la intuición compartida.

Tsai manifestó su interés en crear películas que reflejen la realidad, evitando los efectos artificiales. Aspira a filmar procesos comparando la experiencia con la contemplación de un cuadro. “No me interesa la ficción; me interesa lo que ocurre realmente”, afirmó Tsai. “Filmar es como contemplar un cuadro. Me gusta esa sensación: el movimiento del tiempo como una mezcla de sentidos que se aproxima a la realidad”.

El director expresó su predilección por las situaciones ambiguas, ya que, a su juicio, se acercan más a la realidad. Los actores deben expresar su visión del mundo y su experiencia vital sin sobreactuar. Tsai afirmó que, durante el rodaje, se centra en lo que ocurre en ese momento, ya que su enfoque es realista.

Ante la observación de una joven estudiante sobre la frecuencia con que los diferentes elementos o personas coinciden en algunas de sus películas, la joven preguntó si esto lo planifica con antelación. Tsai sonrió: “Eso lo decide Dios”. Explicó que durante el rodaje suelen ocurrir fenómenos extraños que él espera con paciencia, asumiendo, con ironía, que suceden por intervención divina

Según Tsai, planificar en exceso expone a que las cosas salgan mal. Cree en el azar como herramienta estética. Espera lo inesperado. Confía en que el rodaje, como la vida, le entregue signos. La luz, los sonidos, los gestos más mínimos: todos ellos son fragmentos de la vida, todo puede ser cine.

Aunque su obra es generalmente densa y sombría, existen excepciones como en la película El sabor de la sandía, donde se entrecruzan el musical y la parodia pornográfica, en una sinfonía de deseo y desarraigo. Tsai explicó que este film servía de vehículo para explorar temas más profundos como el deseo o la soledad en que viven los jóvenes.  Para ello se inspira en los musicales de los años sesenta y en las canciones populares de la época. Aprovechó para criticar la falta de contenido de las canciones actuales, en comparación con las de entonces.

El sabor de la sandía (2005)

Sus filmes no siguen una narrativa tradicional, sino que se estructuran en bloques, influencia que atribuye a Bertold Brecht. “Mis películas son como series, ya que contienen elementos que las vinculan, pero que pueden verse de manera independiente”, afirmó. En ellas se refleja su experiencia vital, la cual evoluciona con la edad; señaló que, al llegar a los setenta años, sus obras serán diferentes y expresó, con una sonrisa, su deseo de alcanzar ese momento. Manifestó también su interés por el videoarte, al que considera una extensión de su carrera artística en museos.

Respecto al cine europeo, mostró su aprecio por todo tipo de films y declaró: “Ver películas es mi destino”. Considera que la creatividad del cine europeo floreció entre los años cincuenta y ochenta. Reconoció que estas influencias provienen de las obras vistas durante su etapa universitaria en la Filmoteca. Las películas francesas que vio entonces le impactaron profundamente, entre sus directores preferidos citó a Bresson, Antonioni y Truffaut. Agradeció a Truffaut haberle enseñado que una película puede hacer preguntas, sin ofrecer respuestas, porque esas respuestas las debe hallar el espectador.

Fue especialmente crítico con el estado actual del cine. Lamentó la obsesión por la belleza física para elegir el reparto de actores: “Es como si me picara el culo”, dijo con provocadora franqueza. Como ejemplo de ello, mencionó el caso de mujeres de sesenta años que buscan aparentar treinta.

Tsai lamentó la pérdida, hoy en día, de la experiencia cinematográfica en sala: “Una película no se ve en un móvil, no es solo una historia. Es cine.” Citó a Lynch, Kubrick y Welles como ejemplos de autores cuya obra no puede apreciarse en pantallas pequeñas, ya que se trata de cine, no solo de contar historias. “Después de cien años de cine, debemos preguntarnos hacia dónde vamos. El cine puede convertirse en un museo, o en una iglesia. ¿Queremos eso?”, preguntó.

Relató que, de forma ocasional, vende el mismo las entradas de sus películas en Taiwán para que el público pueda acceder a ver un cine diferente. Mencionó que una de sus obras, Your Face consta de solo catorce planos, y dura ochenta minutos, según él este es un tipo de filme que solo puede apreciarse en una sala de cine.

Reivindicó el papel del director: “No me gusta que digan que el director es un cuentacuentos; el director hace cine”. Aprovechó para reprochar a los estudiantes de cine que no exploren cinematografías del pasado, lo que, según él, implica la pérdida del concepto de estética. Considera que toda cinematografía posee una estética propia y que, para amar el cine, hay que pensar más allá del guion o la narración; el director utiliza la imagen como medio de expresión, y el guion pierde relevancia en este contexto.

Para Tsai, la escasez de buenos directores no se debe a su inexistencia, sino a las limitaciones impuestas por el sistema. Opina que los directores actuales carecen de experiencia vital, pues se inician demasiado pronto en la profesión, incluso aquellos que ganan premios en Cannes. Él mismo vuelve a ver sus antiguas películas, como Lawrence de Arabia de David Lean. Reivindica el cine como arte, no como espectáculo. Explicó que él mismo busca sus localizaciones: “el mejor director artístico es Dios”.

La obra de Tsai Ming-Liang es un reflejo de las dificultades de la vida contemporánea. Sus filmes, profundamente íntimos, exploran la fragilidad y vulnerabilidad del ser humano. Éstos invitan al espectador a sumergirse en una reflexión sobre las complejas redes de relaciones, el aislamiento existencial y la búsqueda de conexión en un mundo que se vuelve cada vez más complejo. Más allá de las estructuras narrativas convencionales, su cine se constituye como una experiencia sensorial, lograda mediante la combinación de imágenes evocadoras, sonidos envolventes y del uso de prolongados planos fijos, con el objetivo de que el espectador experimente emociones a un nivel más profundo. Esta singular combinación convierte a Tsai en un cineasta provocador, cuya obra desafía y conmueve con igual intensidad.