
Nuestras películas del 2025
Un año más, recogemos algunas de las películas que llamaron la atención de lxs colaboradorxs de la revista, alumnxs de ECIB. Ni las mejores, ni las más conocidas, simplemente las que cada unx quiere compartir de todas las que vio a lo largo del año. Una selección compuesta por: The Mastermind de Kelly Reichart; Muy lejos de Marcel Oms; One battle after another de Paul Thomas Anderson; Las corrientes de Milagros Mumenthaler; A real pain de Jesse Eisenberg; Romería de Carla Simón; Sinners de Ryan Coogler.
Textos escritos por Rafael Vargas-Cesa, Gerard Estany, Miranda Rojas Malpica, Pere Alberó, Sofía Beirán, Claudia Menaches y Juan Arévalo.
The Mastermind de Kelly Reichardt
“Let me just call my dad first… You know my dad judge Mooney?”
The Mastermind es el noveno largometraje de Kelly Reichardt, con el que vuelve a promover un cine independiente y minimalista, que hace explícito su deseo de evitar tramas complejas y moralejas evidentes. Se enfoca, una vez más, en transmitir, principalmente, una sensación, un momento o un rasgo de una persona. Construye una historia hipercotidiana a partir de una sucesión de revelaciones diminutas que guían al espectador hasta el final. Y aunque su distanciamiento del concepto de “blockbuster” es claro, al tomar a Josh O’Connor como rostro principal y combinarlo con un humor más marcado que en sus películas anteriores, la directora también parece buscar un trato con un público más amplio.
Ambientada en los años 70, mientras la guerra de vietnam se desenvuelve y las protestas antiguerra se intensifican, The Mastermind narra la historia de un arquitecto sin trabajo y de familia acomodada, James Blaine Mooney, que roba cuatro pinturas de un museo pequeño en Massachusetts, desatando el declive de su vida.
Contada con un tempo ralentizado, característico de Reichardt, la historia va construyendo el atraco como una comedia sutil y patética, conseguida principalmente por la actuación de O’Connor, que parece estar siempre desorientado. A medida que las cosas comienzan a empeorar, se revela un hombre de baja autoestima y con delirios de grandeza. La película deja de ser un “heist film” para convertirse en un drama con elementos trágicos. No es un hombre desorientado, sino incapaz de reconocerse y asimilar lo que sucede en su entorno, un hombre que huye de sí mismo y de su situación. Aun así, la película parece hablar de algo más amplio y complejo: La tensión de la guerra de Vietnam está siempre presente, aunque nadie nunca la menciona fuera de la radio y la televisión, y es precisamente esto lo que termina tragándose al protagonista y dando cierre a la historia. Hace reflexionar sobre la relación del individuo y el contexto geopolítico actual.
Aunque Reichardt no haya escrito la historia pensando en sí misma, JB Mooney parece ser el conducto para expresar su actitud frente al panorama cinematográfico generalizado. Incluso con espectadores y productores demandando cada vez más un cine grandioso y frenético, la directora ignora intencionadamente su entorno. Defiende su mirada autoral filmando las películas que ella misma quiere ver y hacer, y que, tristemente, siguen teniendo un público reducido. Es un privilegio que, a diferencia de su protagonista, se ha ganado con determinación y un trabajo siempre bien hecho.
“ I just wanted to say I’m sorry… Terri, I know it doesn’t make much sense. But everything I’ve done… It’s been for you and the kids… and me, yeah. Yeah. Me too. “
Rafael Vargas-Cesa
Muy lejos de Gerard Oms
Me puse a ver esta película con el único objeto de saber que trataba sobre un chico ultra en el mundo del fútbol, y lo sorprendente para mí fue ver cómo consigue mostrar la realidad de un hombre que, estando en este tipo de contexto —una hinchada de ultras y la exageración de un tipo de masculinidad muy concreta y muy cerrada—, pasa a una masculinidad muy distinta, más profunda y más real. De una contención que parece libre a la hora de expresar una ira irracional, a la libertad de poder mostrarse como él realmente es y cómo se siente.
Sergio (Mario Casas) busca cómo salir a respirar. Sin ningún plan o premeditación decide abandonar su vida, su familia y su ciudad (Barcelona) quedándose sin ningún medio de subsistencia. Se encuentra con Yusuf (Ilyass El Ouahdani), su mejor amigo y compañero de trabajo en este nuevo contexto que le ayuda a integrarse con la gente de su círculo. Thenna (Jetty Mathurin), otra mujer inmigrante ya integrada desde hace años en la ciudad, termina asumiendo la figura de madre de Sergio en esta nueva etapa.
También nos encontramos con el personaje de Manel (David Verdaguer), en el cual vemos a alguien con una situación parecida a la de Sergio pero que en este caso se aprovecha de la situación de otros inmigrantes, como él pero sin papeles, para hacer negocio.
También termina protagonizando, lo que para mí, es la escena más descriptiva del conflicto de Sergio; un arranque de pasión prácticamente animal que no puede contener en un momento y que rápidamente rechaza y termina tapando con ira.
El papel de Mario Casas, al ponerse en la piel de lo que fue una experiencia tan íntima del propio director de la película en el pasado, me parece muy complejo. Denota una gran sintonía entre director y protagonista, además de un trabajo muy profundo en la creación del personaje. Creo que es muy destacable la capacidad que tuvo Gerard Oms de transmitir exactamente lo que quería de Sergio en todo momento.
Por otro lado, quizá hubiésemos encontrado otro matiz al ver a Sergio y a su entorno inicial de ultras más radicalizado. Basta con acercarse un poco a este tipo de entorno para ver el nivel de agresividad, conducta y pensamientos que llegan a tener las personas en estos círculos. Entiendo que no era ni mucho menos el punto de la película, pero quizá le podría haber dado más fuerza a una posible transformación del protagonista, a la vez que un enfoque más realista de lo que es la masculinidad en estos entornos tan cerrados.
Para terminar, me quedo con lo que Thenna le dice a Sergio en cierto momento de la trama: “no puedes escapar de lo que eres, amigo”. Haciendo alusión a la condición de inmigrante pero a la vez, y no sé si sin saberlo, dando de pleno en el conflicto principal de Sergio.
Gerard Estany
One Battle After Another de Paul Thomas Anderson
Recuerdo cuando vi el tráiler de One Battle After Another en el cine: Leonardo DiCaprio corriendo con lentes oscuros, un gorro y una bata de baño mientras gritaba incoherencias al teléfono, seguido del nombre de la película y, en letras grandes, “Dirigido por Paul Thomas Anderson”. Mhm, no tenía muchas expectativas después de ese tráiler, pero en definitiva fue lo mejor haber ido así. Me encontré en el cine por tres horas con personajes entrañables, una guerra, comedia, una fotografía increíble, un score memorable y, en el centro de la película, la relación de un padre y una hija.
Empezaré por el personaje con el que se inicia la trama: Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor), una mujer revolucionaria que hace de femme fatale, sacando el lado más rebelde, sexual y extremista de Bob (Leonardo DiCaprio), hasta que se encuentra con el antagonista, el Coronel Lockjaw (Sean Penn), un militar racista que se obsesiona con Perfidia y la obliga a tener relaciones con él. De estas acciones resulta que ella quede embarazada y desarrolle resentimiento hacia la maternidad al dejar su vida de activismo; este cambio la orilla a dejar a su pareja y a su hija recién nacida.
El resto de la película es llevada por Bob y Willa (Chase Infiniti), reencontrándose años después con la resistencia, ya que el Coronel tiene que deshacerse de la existencia de su posible hija para poder acceder a una élite de supremacistas blancos.
A pesar de haber visto One Battle After Another tres veces en el cine, me sigue costando entender cómo el director logró que tantos temas, personajes y storylines convivieran en una película de 3 horas sin sentirse pesada, cansada o aburrida.
Tenemos temas como la decisión, tanto de Bob como de Perfidia, de cómo llevar la paternidad con las decisiones que los han traído hasta este punto. El personaje del sénsei, mi favorito, interpretado maravillosamente por Benicio del Toro, tiene toda una operación para ayudar a los inmigrantes: “out of the goodness of my heart”, dice en la película. Willa busca su propio camino, encontrando la fiera que heredó de su madre y uniendo las pocas piezas que su padre le ha dado.
Otro elemento que disfruté fueron las yuxtaposiciones de los grupos que aparecen en la segunda mitad: las monjas que entrenan revolucionarios y cultivan marihuana, y los Aventureros de la Navidad, el grupo de supremacistas blancos que quiere limpiar la raza mientras brindan exclamando “Hail, Nick”. Una locura.
Por último, quiero elogiar la edición de Andy Jurgensen, sobre todo en la última media hora, que en conjunto con las tomas de la carretera, intercaladas con las reacciones de Willa, Bob y Tim (un asesino de los Aventureros de la Navidad), mientras se persiguen por el desierto. ¿Quién atrapará primero a quién? Willa aprovecha estas subidas y bajadas que nos han elevado el pulso cada vez que vemos más cerca el coche rojo: se frena, ¡bum! Tim se estrella. Willa le grita la clave, él no responde correctamente, Willa lo mata y expulsa en un grito toda la frustración que lleva acumulando por días. Escuchamos la melodía en la que debe confiar, Bob le grita “¡Aquí estoy, soy tu papá!”, y finalmente padre e hija se reencuentran. Para mí, esto fue una masterclass de montaje.
Una de las razones por las que amo el acto de ir al cine es la comunidad que se crea en ese espacio cerrado durante tres horas. Esta última vez que revisité One Battle After Another solo éramos una pareja sentada cuatro filas delante de mí y yo. Me encantó poder anticipar y observar sus reacciones a lo que sucedía en pantalla: ver cómo se emocionaban en la última persecución de coches, reírse en voz alta de Leonardo DiCaprio drogado, tocarse el corazón cada vez que Benicio del Toro salvaba el día una vez más. No me queda más que decir que, más que una película, One Battle After Another es una experiencia.
Miranda Rojas Malpica
Las corrientes de Milagros Mumenthaler
Las corrientes (2025) es el tercer largometraje de Milagros Mumenthaler. Se presentó en la sección oficial de la última edición del Festival de San Sebastián. La película, una coproducción suizo-argentina, a pesar de obtener como único reconocimiento el Premio RTVE-Otra mirada, es una obra mayúscula que confirma a su directora como una de las miradas más interesantes y personales del momento actual.
Las corrientes es la historia de una mujer de mediana edad que ha conseguido éxito y reconocimiento, cumpliendo con todos los planes que la sociedad había trazado para ella, pero repentinamente, y de manera abrupta, toma una decisión que ni ella misma es capaz de explicarse.
Hasta aquí la parte que se podría desprender de un guion y que podría servir como una posible sinopsis, a partir de aquí, lo que hace de Las corrientes una película importante. Una importancia que no reside tanto en lo que pasa, sino en cómo se muestra lo pasa, y es ahí donde se descubre a una cineasta mayúscula que domina de manera sumamente orgánica lo que muestra y se puede deducir; lo que a penas se puede intuir; y lo que, directamente, se vuelve impenetrable; y, aún más, lo que habiendo sucedido queda elíptico. Algo que ya estaba en sus películas anteriores, pero que aquí alcanza un mayor rigor y madurez. Y eso, además, sin ser producto de la maquinaria que construye los guiones, sino de su puesta en escena, del tono y la distancia, y del trabajo de creación con la protagonista. Ésta descubre cómo su vida se ve cortocircuitada de improvisto, provocando una escisión entre su estado interior y cómo se muestra hacia el exterior. Aquí se vuelve a dibujar uno de los temas centrales en el cine de Milagros Mumenthaler: el impulso a la desaparición. Un aforismo de Rafael Argullol que podemos leer en su libro Cazador de instantes creo que condensa primorosamente ese impulso que manifiestan tantos personajes de la directora argentina: “Aunque ejercía diversos oficios su verdadera vocación era desaparecer”.
El suyo es un cine rico en pequeños gestos, en pequeños detalles que nos permiten entrever por dónde discurren sus personajes, pero en Las corrientes va un paso más allá y consigue transmitir la impresión de que ni la directora, ni su protagonista son capaces de dominar o comprender lo que le está sucediendo. Es en este punto donde la película se aproxima a uno de los directores fundamentales de la modernidad: Michelangelo Antonioni y, en esa estela, logra escapar de la arrogancia, tan occidental, de que podemos llegar a entender, descifrar y justificarlo todo. Una virtud que en algún momento temí que se pudiera estropear por un exceso de información, o por la recurrencia a algún manual psicoanalítico. El momento más crítico, cuando recurre al único flashback de la película. Nada, apenas un ligero desliz. ¡Desde Argentina siguen llegando espléndidas películas!
Pere Alberó
A Real Pain de Jesse Eisenberg
Una comedia sobre el sufrimiento humano. (Alerta spoilers)
La premisa de A Real Pain nos sitúa en los viajes organizados con un pretexto educativo o histórico, como visitar Rwanda para aprender sobre el genocidio, o Hiroshima para ver los destrozos causados por la bomba. Para el director (Jesse Eisenberg), este tipo de Tours ponen de manifiesto una dicotomía muy extraña entre lo dramático y lo sagrado del sitio que se está visitando y la experiencia de los turistas durante el propio tour, que normalmente incluye comidas copiosas y billetes en primera clase. Esta película no trata explícitamente sobre el privilegio de clase, pero sí que es un tema que el guión toca directamente a través del personaje de Benji, que parece ser el único del tour que se siente incómodo por ser un judío americano subido a un tren polaco en primera clase para ir a visitar un campo de concentración.
Benji es el catalizador de la tesis de esta historia. Kieran Culkin ha dado vida a un personaje espectacularmente escrito por Eisenberg, y que probablemente haya sido uno de los motivos principales por los que esta película estuvo nominada por la Academia a Mejor Guión Original (2025). El primo que va a la deriva en la vida y vive en el sótano de sus padres y fuma hierba y está deprimido, pero además es extremadamente carismático y gracioso y ha intentado suicidarse hace 6 meses. Y es muy carismático, reitero. Mucho. Tanto, que su primo Dave, interpretado por el propio Eisenberg, le tiene envidia, a pesar de tener una esposa guapísima y un hijo que progresa adecuadamente esperándolo en un apartamento decorado por Ikea en el medio de Brooklyn.
Y es que todos queremos ser como Benji. Decir lo que se nos pasa por la cabeza sin plantearnos si es apropiado, llorar cuando lo necesitamos, ser graciosos sin planearlo, sentir intensamente cada momento como si fuéramos adolescentes de nuevo. Dave es exactamente todo lo contrario. Solamente se autopercibe en relación al resto, tiene siempre presente lo que puede sentirse como inapropiado, piensa tres veces antes de decir algo y toma pastillas antidepresivas para poder levantarse todos los días. Dave no puede soportar la idea de que Benji haya intentado usar la vía de escape rápida sabiendo que su abuela sobrevivió al Holocausto de milagro y siguió luchando en un país que no era el suyo. ¿Cómo puede alguien como Benji salir de alguien como su abuela?
Y he aquí la cuestión central del film: el dolor “de verdad” es el que se siente, no el que se explica. Es el que no desaparece, ni siquiera cuando estás de viaje, distraído, yendo de un sitio a otro. Es lo que forma parte de la herencia familiar, lo que se combate día a día, ya sea con pastillas o con hierba. Y es lo que nos hace humanos. El único motivo por el que Benji es popular y carismático, es precisamente porque no le da miedo mostrar su dolor delante de los demás, y haciendo esto, crea un espacio seguro y honesto en el que otras personas también se pueden permitir quitarse la máscara. No deja espacio para la corrección política ni la etiqueta social.
¿Es más fácil vivir reprimiendo el dolor o sintiéndolo a todas horas? Quizás desde el punto de vista del racionalismo occidental que lleva imponiéndose desde el siglo XVII sea más loable el héroe estoico que lucha por hacer las cosas bien, pero Eisenberg parece tener claro que éste nunca será el más carismático, ni el más recordado, ni el más querido por sus compañeros de viaje (ni por la audiencia).
El final de esta película deja al espectador preguntándose si hay esperanza para Benji. Si este viaje le ha ayudado interiormente. Nunca lo sabremos, porque ni Eisenberg ni Culkin quieren dar una respuesta clara al respecto. Lo que buscaba Eisenberg era una conversación en la que los espectadores intercambiaran diferentes opiniones, y lo ha conseguido.
A real pain es una película que consigue hablar sobre el Holocausto sin convertirse en una tragedia que se tome demasiado en serio a sí misma, lo cual es muy complicado de conseguir, y quizás solamente lo logra porque la historia judía se convierte en el escenario que permite interactuar a unos personajes bastante cómicos. Cuando vi su estreno en un cine en Alemania, me maravilló que una película que tratara este tema pudiera hacer reír a una sala entera de alemanes, y creo que eso tiene mucho mérito. (Por cierto, dato de trivial, esta ha sido la primera película de la historia del cine a la que un campo de concentración ha otorgado el permiso de filmar algo de ficción en las premisas mismas del campo.)
Lo único que quizás me molesta un poco de esta película, y esto ya es una cuestión puramente personal, es el estilo en el que está rodada, con una gran cantidad de travelings y planos de transición de los sitios turísticos de Polonia y esas polonesas de Chopin que son tan repetitivas que al final producen una sensación de loop en el espectador. Me habría gustado que la cámara nos hubiera acercado más a cada uno de los personajes, y que se hubiese metido de una manera más incisiva en la psique de Benji y su relación con su primo. Hay algunas escenas cuya justificación a nivel de guión es puramente la comedia de situación, que quizás podrían haber sido más potentes a nivel emocional, y que junto a la distancia que toma la cámara siempre, no nos permite acercarnos del todo a la dimensión emocional de los coprotagonistas. Entiendo que esto puede ser una decisión que respeta el tono cómico de la historia, pero siendo una película cuya tesis habla del dolor, y de cómo lidiamos (o huimos) de él, me habría gustado que la audiencia hubiera podido ser una participante activa del viaje emocional de Benji, más que una mera espectadora.
Sofía Beirán
Romería de Carla Simón
Estuve a una sola película más sobre conectar con tus raíces para descubrirse a uno mismo de manera introspectiva, de darme por vencida con el cine naturalista. Menos mal que Carla Simón consigue que me calle la boca y me siente a ver cómo reinventa el cine, otra vez.
No estoy exagerando cuando digo que no había visto una calidad en el cine español así en una sala de cine, nunca. Tengo 21 años y por ahora, muy pocas experiencias vitales en una butaca, diría que, por lo menos, desde El Sur (1983) de Víctor Erice.
Reinventa el cine, porque ella misma despertó una nueva forma de ver cine, con su ópera prima Estiu 1993 (2017). Sobre todo abrió un camino, uno delicado y sencillo, para dar voz a una nueva oleada de cineastas, fundamentalmente mujeres. Y ahora con Romería navega en otra dirección, nunca mejor dicho. Cambia de protagonistas, cambia de ritmo y cambia de ecosistema, a la otra punta del país, de Cataluña se traslada a Galicia.
El cine de Carla en esta última película, se transforma, considero que, incluso, se hace adulto de manera formal. Domina a nivel narrativo cada escena, con una cámara en mano más decidida que nunca, juntándola con un uso del diálogo más presente que en ninguna otra. Pero algo que sigue permanente en su cine es, el dar espacio a sorprenderse por el momento. Queda más que claro con la decisión de escoger actores naturales para sus protagonistas adolescentes, se nota hasta qué nivel de profundidad absorbieron el papel, que no se sabe cuando improvisan y cuando no.
Tampoco quiero pasar por alto, la secuencia más mágica y valiente que una directora puede plantear. Un pisotón al pedal de freno, en medio de la trama, que se siente liberador, un replanteamiento de las piezas que conforman la película para crear otra película dentro de ella. Los personajes se intercambian de rol, para ser los padres de la protagonista en los ochenta, para relatar desde ellos su vida, para entenderla. El cine, en este momento, tiene el poder de hacer esos recuerdos no vividos, realidad material.
Me gustaría acabar, celebrando todo el cine creado por mujeres que ha salido este año, con películas increíbles como La buena letra de Celia Rico o Sorda de Eva Libertad. Porque para mí este mensaje es auténtico, el dolor que transmite cualquiera de estas películas es real y honesto, comparado con las peripecias vacías que algunos hacen para descolocar al público, que solo pueden ser creados desde el privilegio patriarcal.
Claudia Menaches
Sinners de Ryan Coogler
La última película del afamado director Ryan Coogler es, ante todo, particular. Una curiosa mezcla de cosas que no se ven tan seguido en Hollywood, especialmente en el mundo de reencauches y secuelas en el que vivimos. Es una historia original, de época, con una perspectiva autoral arraigada en lo social y lo racial, que se arriesga a establecerse en un género sin temor a coquetear con otros, y que además tiene a la música como elemento transversal y narrativo.
Sin embargo, es esto último lo que más ha llamado mi atención. Es la razón por la que pagué 3 veces la boleta y por la que aún hoy no me he podido sacar esta película de la cabeza. En mi opinión, la banda sonora de esta película (entiéndase como música y diseño sonoro), es de las mejores que se han escrito en los últimos tiempos, sencillamente porque no acompaña la historia, la cuenta. Es el eje central.
La película trata de los hermanos Smoke y Stack (Michael B. Jordan) que vuelven a su pueblo natal Clarksdale, Mississippi, huyendo de una vida en la mafia, con la idea de abrir un bar y empezar de cero. Tienen el dinero, el lugar, e incluso traen a su joven y entusiasta primo Sammie (Miles Caton) para que cante con su casi sobrenatural talento para el blues. Sin embargo, no esperan que un mal aún peor que cualquier mafia está esperándolos atentamente. Si, son vampiros. Irlandeses además.
El compositor, Ludwig Göransson (Oppenheimer, The Mandalorian, Black Panther) que no en vano también es productor ejecutivo de la película, entendió perfectamente que la música es el elemento que entrelaza todas las temáticas que aborda la historia; Esclavitud, racismo, cultura, lo sobrenatural, luz vs. oscuridad y por supuesto la realidad social del sur de Estados Unidos en la época de Al Capone. Casi toda la música está compuesta en una guitarra de los años treinta, que tiene una sonoridad particular y autóctona.
El blues es la clave de todo. Una música que nació de la represión y se convirtió en la base de toda la música occidental moderna. Es el catalizador perfecto para hablar de historia, cultura, política y todos los temas recién mencionados, cosa que Coogler y Göransson aprovecharon al máximo, y por eso nos regalaron junto con Autumn Durald Arkapaw, directora de fotografía, una de las escenas más impactantes y espectaculares que he visto en mi vida. Estoy hablando, por supuesto, del momento en que Sammie empieza a cantar en el bar la canción I Lied To You. Describir lo que pasa en este plano secuencia de casi cinco minutos es quitarle mérito, porque es una experiencia que debe ser vivida en carne propia.
De hecho, puedo afirmar esto sobre toda la película en general, y creo que su éxito en la crítica, la taquilla y la recepción del público apoyan muy bien mi argumento. Michael B. Jordan hace un excelente trabajo interpretando a dos personajes distintos, la cinematografía es hermosa e impactante con todos esos cambios de aspect ratio y el uso del color y el diseño de producción son espectaculares también. Si bien en mi opinión hay algunos temas del guión en los puntos de giro que no terminaron de convencerme, se lo perdono porque para mí esta es una película que entra por los ojos y especialmente por los oídos, y eso es un absoluto deleite. Si por alguna razón no lo ha hecho, le recomiendo verla. Y si por alguna razón le es posible encontrarla en la gran pantalla, aún mejor.
Juan Arévalo